martes, 15 de mayo de 2012

NIHILISMO, REFORMISMO, SOCIALISMO


Por: Manuel Guerra
En los últimos meses el debate sobre la izquierda, su naturaleza, actualidad, retos y perspectivas, viene cobrando fuerza. A las reflexiones contenidas en el libro Apogeo y crisis de la izquierda peruana, editado por Alberto Adrianzén, se suman un conjunto de ensayos y artículos periodísticos que abordan estos temas. Reconociendo puntos comunes en la diversidad de análisis planteados, podemos agruparlos en tres corrientes principales, que vale la pena mencionar:
Nihilismo
Una primera corriente se expresa como portadora de una visión nihilista, según la cual la izquierda peruana no tiene futuro alguno. Quien sustenta mejor que nadie esta corriente es el periodista César Hildebrandt en varios de sus artículos, en especial en el aparece con el título Nos han dejado solos, publicado el pasado 27 de abril en el semanario que dirige.
Hildebrandt ejerce un periodismo independiente, consecuente con sus puntos de vista y brillante en muchos aspectos. Nadie puede reprocharle que en su amplia trayectoria se haya doblegado frente al poder establecido, por lo que su presencia siempre resultó incómoda en los grandes medios de comunicación y, como consecuencia de ello, fue expectorado varias veces de los canales de televisión. Ese mismo coraje lo demostró al enfrentarse a la mafia fujimorista a sabiendas que los matarifes del régimen lo tenían en la mira. Esta postura crítica e independiente, que ejerce con agudeza y verbo inflamado, lo ha convertido en un referente de la opinión pública, y en muchas ocasiones lo ha ubicado en las mismas trincheras de lucha que el progresismo y la izquierda.
Tal vez por ello es que sus artículos mencionados hayan desconcertado, desilusionado o incomodado a muchos izquierdistas, algunos de los cuales lo consideraban incluso como uno de los suyos, olvidando que el propio Hildebrandt se ha encargado en reiteradas oportunidades de marcar distancias de lo que representa la izquierda, o mejor dicho: de las izquierdas que accionan en el Perú. Porque Hildebrandt es un gran crítico, un crítico mordaz, pero como todo nihilista, no trasciende la crítica, por muy implacable que ella sea. Critica pero no propone, critica desde el escepticismo y el pesimismo. Su nihilismo lo lleva a concluir que todo está podrido, descompuesto, tumefacto. Todo menos él. Pues su nihilismo no hace sino robustecer su enorme egocentrismo que él alimenta con verdadera devoción. Hildebrandt critica por igual al capitalismo y al socialismo, pero al no vislumbrar salida al sistema en el que vive, termina por validarlo, aunque reniegue. La conclusión a la que llega en su citado artículo es sorprendente por su vaguedad, distinta al detalle acucioso cuando valora a la izquierda: “De las ruinas del siglo XX saldrán los nuevos indignados. Porque el malestar también puede producir sabiduría”. Pero la sabiduría producto del enorme malestar de Hildebrandt no nos aclara adónde irán esos indignados, pues el socialismo es un camino negado. ¿Es que el movimiento espontáneo por sí mismo, sin la acción consciente de las organizaciones de izquierda, puede acabar con la irracionalidad del capitalismo?  ¿Se trata acaso de perfeccionar, humanizar, hacer más potable al capitalismo? ¿O es que Hildebrandt ha imaginado un tercer sistema, ni capitalista, ni socialista?
Estos temas de fondo Hildebrandt prefiere omitirlo. Sólo se centra en criticar a la izquierda, a exigirle un autoflagelamiento redentor, en especial a aquella que se identifica con el socialismo. No obstante esta crítica, válida en muchos aspectos, se torna destructiva cuando es usada para decretar la muerte de la izquierda, pierde seriedad si se queda en el epíteto rayano en el insulto, pierde objetividad si para reforzar sus argumentos recurre a los manidos recursos usados por la ultraderecha, el senderismo y los servicios de inteligencia para descalificar a un partido como el nuestro.
Es sabido que en situaciones de dificultades y de crisis en ciertos sectores cunde el desaliento, y el nihilismo encuentra terreno propicio para extenderse. Pero desde posturas nihilistas jamás se podrá construir un gran proyecto histórico, y aquí vale citar la frase del Amauta, que en este caso cobra enorme validez: “… Las masas quieren fe. Y por eso, su alma rechaza la voz corrosiva, disolvente y pesimista de los que niegan y de los que dudan, y busca la voz optimista, cordial, juvenil y fecunda de los que afirman y de los que creen”.
Reformismo
Una segunda corriente está alimentada por aquellos sectores que asumen su identidad de izquierda, defienden el espacio de la izquierda, creen en la recuperación de la izquierda y trabajan por mejorar su desempeño político. Pero recusan al socialismo como una opción válida, en consecuencia predican que la única izquierda que debe tener carta de ciudadanía en el Perú es la izquierda reformista, que se desarrolla dentro de los marcos del capitalismo con el objetivo de plasmar las tareas democráticas y nacionales. Sinesio López es uno de los exponentes de esta izquierda, tal vez el que mejor se esfuerza en estos momentos de darle sustento teórico a esta opción. Sinesio López raya la cancha para identificar a los sectores de la izquierda peruana: por un lado la izquierda insurreccional, donde ubica a Sendero Luminoso y el MRTA; por el otro los que se alinean en una apuesta democrática. ¿En qué consiste esta apuesta democrática? Ni más ni menos en un programa de reformas a corto, mediano y largo plazo, que Sinesio López se encarga de detallar en su artículo del 8 de mayo (La República) titulado Los desafíos políticos de la izquierda: "se trata en última instancia de asumir el programa de la Gran Transformación abandonado por Ollanta Humala". Nada más.
Nada dice Sinesio López de trascender al sistema capitalista, nada del camino que debe conducir al socialismo. Resulta que él, como muchos otros, han cedido a la presión ideológica y política de la derecha que utiliza la carta de Sendero Luminoso como mecanismo de chantaje: todo lo que no sea capitalismo no es democrático, la única democracia verdadera es la democracia liberal burguesa y quien afirma lo contrario se ubica en las filas de los retrógrados, los dinosaurios, los autoritarios, o, lo que es peor, en el ámbito del violentismo y terrorismo senderista.
Por ello resulta una argucia tramposa la dicotomía que hace Sinesio López para clasificar a la izquierda, pues en ella no caben los sectores identificados plenamente con el socialismo. Si para Hildebrandt toda la izquierda está muerta, para Sinesio López la izquierda socialista simplemente no existe, está desaparecida y no vale la pena ni siquiera mencionarla.
Socialismo
No obstante, a contrapelo de todo ello, la izquierda socialista tiene un lugar, un pasado, un presente y un futuro en la historia peruana. Ya en su tiempo Mariátegui recusó al reformismo primaveral hayista, cuyo programa se limitaba a la realización de las tareas nacionales y democráticas, y optó sin ambages por el socialismo, hecho que muchos tratan de enterrar cuando se refieren al Amauta. La expansión de las ideas socialistas tiene en el presente un terreno favorable, cuando la irracionalidad capitalista está conduciendo al planeta a una catástrofe sin parangón en la historia de la humanidad. Socialismo o barbarie, tal es el reto del presente, insuficiente de resolver desde el limitado reformismo.
El trauma del fracaso de Izquierda Unida sigue corroyendo el espíritu de mucha gente en los predios de la izquierda. Para algunos el problema de la izquierda es que en su momento no deslindó con suficiente fuerza con Sendero Luminoso. No les falta razón. Pero el error o la limitación estratégica consistió en que junto a la insuficiente condena a Sendero, asimismo la izquierda se mostró insuficiente para resistir y derrotar a la presión de la derecha. La derecha obtuvo así una victoria de largas consecuencias: convenció que la izquierda era igual al senderismo, que Mariátegui era lo mismo que el pensamiento Gonzalo, que revolución era sinónimo de terrorismo, que socialismo era dictadura, totalitarismo, antidemocracia. La ofensiva neoliberal que vino luego encontró no solo a la izquierda fraccionada, sino lo que es más grave, desarmada ideológicamente para oponerle resistencia. Ello explica, entre otras cosas la concesión que hace Sinesio López al otorgar a Sendero y el MRTA el carácter de fuerzas insurreccionales, pues para él insurrección y terrorismo son la misma cosa.
Evidentemente la izquierda peruana debe sacar lecciones de su experiencia. Es obligatorio que asuma una renovación profunda, la misma que pasa por asimilar una nueva cultura política cuyo sustento es la amplitud de miras, la mentalidad estratégica, el compromiso con los retos históricos del Perú y su población, la asunción de la política que predicó y practicó el Amauta: como una gran obra de realización humana. No existe otro modo de superar las taras del sectarismo, los métodos manipulatorios reñidos con la democracia, el burocratismo que anquilosa, el mal entendimiento de la lucha por la hegemonía que conduce a las estériles disputas por los cargos, minucias con qué satisfacer intereses personales o de grupo, todo lo cual a fin de cuentas no es más que la asimilación práctica de la politiquería decadente que dimana de una derecha históricamente agotada.
La renovación de la izquierda pasa además por una renovación generacional, por darle protagonismo a la mujer, por incorporar a las etnias, a los intelectuales, pequeños y medianos empresarios, a todos aquellos sectores que constituyen la diversidad que somos, unidos por un programa, que en estos momentos, efectivamente, es una propuesta de reformas. En este sentido el paso de una izquierda marcada por el oposicionismo a una izquierda con capacidad de gobierno resulta indispensable y su desempeño en los ámbitos de gobierno debe ser cualitativamente distinta a la del pasado.
Pero para quienes no hemos arriado las banderas del socialismo, la indispensable y consecuente lucha por reformas no agota el alcance de nuestros propósitos. Asumimos la lucha por reformas como parte del camino al socialismo, estamos convencidos que solo el socialismo es la respuesta integral a la debacle del capitalismo, pues coloca al ser humano en armonía con su medio ambiente en el centro de sus preocupaciones, y por eso mismo afirmamos que la democracia socialista es superior a la democracia burguesa basada en el poder del dinero. En consecuencia tampoco nos inhibe asumir nuestra condición de revolucionarios, no obstante que la palabra revolución se ha convertido en tabú prohibido para las mentes domesticadas por el capitalismo.